Perfecta
Le enseñaron a compartir y a ser
compartida, creció con opciones que no quería y eligió cosas por obligación,
como escape. Nunca se apego a nada ni a nadie porque desconocía el afecto de
retener algo con el deseo de protegerlo. Sentir sin estar al tanto de las
consecuencias o de las mismísimas causas. Sentir sin tener noción de lo que
significaba. Sentir que no sentía nada. Sentir vacío, no sentir. En un rincón desolado
de su persona se conocía más de lo que creía y eso daba miedo. Conocerse tanto
como para reconocer la ausencia del sentimiento la desequilibraba. Aun así, esa
inestabilidad era insuficiente como para borrar algo del vacío que colmaba su interior. Se convirtió en
un fastuoso lío, tan irresistible como peligroso y adictivo. Era un artefacto delicado
y oscuro, capaz de atrapar lo que quisiera y a quien quisiera para después soltarlo
y verlo quebrarse en diminutos pedazos. Ignoraba la crueldad porque era impune
y tenía el don de la imparcialidad en cualquier acto. Todos podían tenerla, lo difícil era conservarla. Condenada a
cadenas inexistentes y alas de total autonomía. Respiraba libertad por donde
fuese. Aunque quiso ser capturada estaba condenada a la libertad y su propio aislamiento.
Por eso siempre fue un perfecto desastre, aquel imposible de ordenar porque
ese, justamente ese, era su encanto.